Nehemías no era sacerdote, ni profeta en el sentido tradicional. Era un funcionario del gobierno persa con una carga profunda por su ciudad destruida. Antes de levantar una muralla, levantó un plan. Antes de hablar con el rey, oró y diseñó una estrategia. Nehemías entendía que la carga sin planificación es solo emoción; pero la carga con preparación es una revolución en potencia.
Del mismo modo, José no fue improvisado. Su preparación incluyó años de administración en Egipto, aún como esclavo y preso. Cuando llegó su momento, tenía no solo la unción, sino también la habilidad para ejecutar una estrategia económica que salvó naciones.
Este es el modelo profético que necesitamos hoy: visionarios que no solo escuchen a Dios, sino que también sepan gestionar recursos, dirigir proyectos, manejar presupuestos, analizar datos, presentar propuestas, y sentarse con autoridades a ejecutar soluciones. El “cielo en la tierra” no ocurre por arte de magia. Ocurre cuando personas entrenadas, certificadas y preparadas con visión celestial actúan con excelencia en la tierra.
No se trata de llenar templos, sino de llenar vacíos en nuestra sociedad: la escasez de justicia, el abandono comunitario, la corrupción sistémica, el deterioro económico. Dios está levantando profetas que, como Nehemías, entienden la arquitectura de ciudades; como José, que interpretan sueños y diseñan modelos de gobernanza.
Prepararse no es opcional, es parte de la obediencia. Certificarse, estudiar políticas públicas, aprender sobre desarrollo económico o urbanismo no es mundano, es parte de ejecutar la voluntad de Dios. La planificación estratégica es un acto profético cuando nace del corazón de Dios para transformar la realidad de las naciones.
La próxima vez que Dios te hable de una visión, pregúntate: ¿Estoy preparado para ejecutarla? Porque el cielo se manifiesta donde hay una tierra lista para recibirlo.