Imaginemos por un momento una iglesia que se toma en serio el mundo que nuestros niños y adolescentes van a heredar. No el mundo en el que crecimos nosotros. El de ellos.
Un mundo de inteligencia artificial, automatización, crisis climáticas, escasez de agua, nuevas enfermedades, migraciones, ciudades cada vez más complejas, tecnologías que todavía ni existen y dilemas éticos para los que probablemente no tendremos respuestas fáciles.
Ahora hagámonos una pregunta medio incómoda:
¿Los estamos preparando para ese mundo?
Porque contarles historias bíblicas está bien. Pero si después de doce años en la iglesia un joven conoce la historia de José, pero nunca aprendió a pensar como José, quizás nos perdimos el punto por completo.
José no fue simplemente un chamaquito con una túnica cool y unos hermanos tóxicos. José terminó enfrentando un problema brutal: venía una catástrofe alimentaria que podía matar a miles de personas. Analizó la situación, anticipó el problema, diseñó una estrategia, administró recursos y ayudó a preservar naciones.
Eso es Biblia. Pero también es liderazgo, economía, agricultura, logística, análisis de datos, manejo de emergencias y política pública. Entonces imaginemos una iglesia que después de enseñar sobre José le diga a un grupo de adolescentes:
En nuestra comunidad tenemos un problema con el agua. ¿Qué vamos a hacer?
Y los ponemos a investigar.
A medir.
A construir sensores.
A analizar datos.
A utilizar inteligencia artificial.
A entrevistar expertos.
A diseñar soluciones.
A presentar propuestas.
Y, si son buenas, a implementarlas.
Ahora imaginemos estudiar a Nehemías no solamente para hablar de “reconstruir los muros”, sino para enseñar planificación, liderazgo, infraestructura, organización comunitaria y ejecución.
O estudiar a Ester y hablar seriamente sobre influencia, acceso, riesgo, justicia y lo que significa estar estratégicamente posicionado dentro de un sistema para intervenir cuando otros están en peligro.
Eso empieza a parecerse mucho más a la Biblia que simplemente memorizar quién hizo qué. Porque quizás necesitamos recuperar una idea que domesticamos demasiado: formar profetas.
Y no estoy hablando solamente de jóvenes que aprendan a decir “Dios me dijo”.
Estoy hablando de una nueva cepa de profetas capaces de ver lo que otros todavía no ven, interpretar su tiempo, imaginar lo que todavía no existe y tener el coraje de construirlo.
Profetas que programan.
Profetas que investigan.
Profetas que diseñan ciudades.
Profetas que crean empresas.
Profetas que hacen ciencia.
Profetas que entran al gobierno.
Profetas que desarrollan tecnología.
Profetas que encuentran un problema que está destruyendo una comunidad y dicen: esto no puede quedarse así, porque Jesús no nos dejó la misión de escondernos del mundo hasta que Él regrese. Nos entregó un ministerio de reconciliación. Eso significa entrar donde algo está roto y participar en su restauración:
Personas. Sistemas. Comunidades. Cultura. Creación.
Cielo en la tierra.
Quizás el ministerio de niños y jóvenes del futuro no debería parecerse tanto a un salón de clases.Quizás debería parecerse más a un laboratorio.Un lugar donde Biblia, ciencia, creatividad, tecnología, propósito y problemas reales chocan constantemente.
Donde nuestros hijos no aprendan solamente que David derrotó a Goliat, sino que comiencen a preguntarse: ¿Cuáles son los Goliats de nuestra generación? Y entonces les demos permiso para enfrentarlos.
Porque si realmente creemos que Dios depositó algo dentro de ellos, dejemos de tratarlos como recipientes que tenemos que mantener entretenidos.
Tratémoslos como lo que son: saetas en manos del valiente.
Imaginemos esa iglesia. Una iglesia que no prepara niños para sobrevivir al futuro. Una que los prepara para construirlo.